La erudita cachetada a la verdad

Actualizado: jun 16


En este país estamos acostumbrados a que nos mientan: los políticos dicen mentiras con cifras y encuestas chimbas que nadie conoce; los padres dicen mentiras a sus hijos cuando son pequeños, blancas y frágiles, por cierto, pero mentiras a fin de cuentas; amigos, parejas, compañeros de trabajo, profesores, ladrones y un sinfín de personas habidas y por haber en esta mentira perpetua que hemos llamado patria. Pero ¿qué pasa cuando una mentira está tan bien estructurada que puede parecer verdad? ¿Y si una mentira tiene un sabor tan exquisito que termina siendo más deseable que la insípida verdad? Evitando las fronteras lógicas y epistemológicas del tema, es notable la cantidad de mentiras que aceptamos con alivio y las verdades que muchos ofrecen con velos de misterio.


¿No es esa la base del amor? Las personas por su humanidad son susceptibles a cometer errores, a decepcionarnos. Usted y yo también hemos decepcionado a mucha gente. Y con todo esto, seguimos confiando en algunos amigos y algunos familiares. Nos entregamos con fe ciega al amor o al deseo; o al amor deseado o al deseo enamorado, engañándonos a nosotros mismos, evitando a la certeza que susurra con inquina recordándonos que un día todo se irá a la mierda.


Así les sucedió a los protagonistas de la novela El Péndulo de Foucault: Casaubon, un filósofo escéptico que está terminando su tesis doctoral; Jacopo, un escritor frustrado que junto a Diotallevi, un experto en los temas cabalísticos y la mística judaica, trabajan en una editorial en Milán. Tres tipos que se inventan una gran farsa, abrazándola con tanto cariño que terminan por considerarla una verdad. Con esta novela Eco nos da una de tantas lecciones: la mentira es más fácil de creer si es producto de nuestro intelecto o si esa mentira sólo reafirma nuestras creencias.





Dijo William Faulkner en una entrevista al Paris Review: «Los escritores siempre se han nutrido, y siempre se nutrirán de las alegorías de la conciencia moral, por la razón de que las alegorías son incomparables: los tres hombres de Moby Dick, que representan la trinidad de la conciencia: no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse. La misma trinidad está representada en Una fábula por el viejo aviador judío, que dice “Esto es terrible. Me niego a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para hacerlo”; el viejo cuartelmaestre francés, que dice: “Esto es terrible, pero podemos llorar y soportarlo”; y el mismo mensajero del batallón inglés que dice: “Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo”».



Creo firmemente que Eco usa esta alegoría con sus tres personajes principales. Y es que el tres, como muchos números, símbolos, teorías y leyendas abundan en esta novela de casi seiscientas páginas. Usted dirá: este tipo me habla sobre una novela de Eco citando a una entrevista de Faulkner donde éste a su vez cita una obra de Melville. Y es que no podía ser de otra manera. Eco, discípulo de Borges, es ferviente defensor del inter-texto y de las innumerables citas. Ese excesivo citar lo acepta el autor en su propia novela de forma sarcástica aunque termina siendo uno de sus mayores defectos.


¿Cuál es la gran farsa que se inventan estos tres tipos? Sencillo: un plan creado por los Templarios para gobernar al mundo. Es decir, esta novela de 1988 revela todas las astucias y todas las tonterías que han escrito autores como Dan Brown (con perdón ofrecido al fan que por azares llegue a esta reseña).


Lo que llega a hacer tan pesado el texto (pesado en su lectura, naturalmente) es que, para que El Plan de los templarios sea verosímil, los intelectuales abordan además los siguientes temas: los ritos africanos, picatrix, Cagliostro, el Conde de Saint Germain, el Candombé y el Umbanda, el sincretismo, los rosacruces, a pomba gira, Exu (deidad), los manejos editoriales, las pirámides egipcias, la numerología la , revolución partisana, la sinarquía, Agartha, Alexandre Saint Yves d´Alveydre, los complots de jesuitas, masones y judíos, el hermetismo, la alquimia, el druidismo, el calendario gregoriano, William Shakespeare, Francis Bacon, John Dee, Guillaume Postel, la secta de El Tres, los protocolos de los sabios de Sión, Rakovski, la okrana rusa, las corrientes telúricas, el péndulo de Foucault (obvio), los subterráneos y los meridianos de la tierra desde el siglo XVII hasta el XIX con bases científicas, históricas y literarias; Albert Einstein, Sigmund Freud, Karl Marx, el Abate Barruel, la secta de los jacobinos, Napoleón, la secta de los paulicianos, los neo-templaristas, los cabalistas españoles, los cabalistas provenzales, la secta de los baconianos, Sergei Nilus, Eugene Sue, el cuadrado Sator, Adolf Hitler, las sectas teutónicas, los ritos orientales, el hachís, la secta de los Asesinos (hachachins), el viejo de la montaña Hassan Sabbah, los criptogramas de Tritemio, la mística judaica, el Conservatorio de artes y técnicas de París y la hasta mismísima Torre Eiffel.




Usted pensará: ¿Y qué tiene que ver Shakespeare con un complot judío y la secta de los asesinos (hachachins)? (dentro de las tantas combinaciones absurdas que puede intentar asociar con la lista de temas que acabo de escribir). Ahí está la farsa. Cualquier persona puede encontrar casualidades y misterios con tan sólo usar la imaginación. Un ejemplo: la palabra William Shakespeare se compone de 18 letras: 1 + 8= 9. Ahora, busque en Wikipedia y se dará cuenta que el autor inglés escribió 11 tragedias: Tito Andrónico (1594), Romeo y Julieta (1595), Julio César (1599), Hamlet (1601), Troilo y Crésida (1602), Otelo (1603-1604), El rey Lear (1605-1606), Macbeth (1606), Antonio y Cleopatra (1606), Coriolano (1608) y Timón de Atenas (1608); un total de 11 tragedias. Ahora, la secta de los asesinos tuvo su auge en el siglo XI (11) con origen en Oriente Medio. Junte usted el número de letras del nombre de Shakespeare con el número de sus tragedias: 9/11. Todo concuerda: el 11 de septiembre fue un complot judío creado por la Secta de los Asesinos cuyas pistas podemos encontrar en la obra de Shakespeare.


Actualmente abundan videos en youtube, cadenas de whatsapp, hilos de twitter y muchas otras cosas en internet de gente conspiranoica que razona de esa manera. Shakespeare sí escribió 11 tragedias, pero también escribió comedias y obras históricas.



Bueno, me dirá usted: un académico respetado, alguien que ha estudiado el método científico y sabe diferenciar una fuente de información válida no se prestaría a estas cosas. Pues los conspiranoicos y los académicos más tienen más en común de lo que se piensa. Lo dijo Héctor Abad Faciolince en su última columna de El Espectador: «Los gurús, los pedantes y los sabihondos (todo lo contrario de los sabios) detestan la divulgación porque —según ellos— en ella se banaliza lo oscuro, lo insondable, lo profundo, lo que solo ellos (iniciados en los misterios del saber) están en condiciones de entender. Les encanta envolver el supuesto secreto en una jerga de secta, hermética, en sus sofisticadas alusiones culteranas, de modo que el vulgo, el pueblo raso, los admire y respete como si fueran sumos sacerdotes musitando entre ellos en una lengua muerta». Y esta es una de esas verdades insípidas de las que hablaba al principio. En toda universidad, en toda facultad, en toda cátedra existe por lo menos un profesor altivo, enmohecido de amargura, que habla con un léxico entre arcaico y técnico, que se ve a sí mismo como una deidad dadora del saber y que poco tira, poco bebe y poco sabe de la vida más allá de las cuatro paredes de un aula de clase. Es un poder que se ejerce mediante un razonamiento infantil, como cuando un niño se acerca y nos dice: yo sé una cosa que tú no sabes, y no te la voy a decir. Ese es uno de los pecados de la academia y Eco, que toda su vida hizo parte de ella, la critica mordazmente en esta obra.


Hay muchísimas más cosas que quedan por decir de El Péndulo pero prefiero que usted saque sus propias conclusiones. Léala (aquí mismo la puede adquirir https://www.libroma.com/product-page/el-pendulo-de-foucault), arriésguese a salir de su zona de confort en lo que quede de esta cuarentena: Le aseguro que no todo el texto es pesado, incluso hay una bella conversación de borrachos donde se discute la diferencia entre los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos. Pero tenga en cuenta que lo que Eco nos narra en ese capítulo sólo es eso: una charla entre borrachos, como alguna vez usted y yo hemos tenido entre amigos, con pola en mano y con el fondo musical de Diomedes Díaz, los Petit Fellas, AC/DC o Carlos Gardel. Y muchas veces hablar pendejadas con los amigos es una de las cosas más agradables que podemos hacer en esta vida; en esta inmensa mentira llamada Colombia.


Nota: El título de la obra obedece a una compleja metáfora sobre dios y a los vaivenes de los personajes, oscilando entre la verdad y la mentira.

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