LAS ESCALERAS AL ÉXITO




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En la vida cotidiana de un colombiano del común, lo normal es levantarse y trabajar para comer, y en la mayoría de los casos, trabajar para dar de comer a los demás. En mi caso, apenas esperando el título universitario, mi rutina no es la de trabajar -porque trabajo no tengo- pero sí la de emprender la búsqueda inoficiosa de uno… para comer. Una tarde cualquiera recordé que un año atrás, en la misma búsqueda temporal de trabajo, un amigo me llevó donde una tía suya que dirige un instituto de tecnologías en la avenida Caracas en Bogotá. La intención, como suele suceder en el país, era que por medio de la rosca (o amiguismo, para mis lectores internacionales) me vincularan a la institución y pudiera impartir unos cursos breves a las diferentes carreras que se ofrecían en aquel entonces. Al final, decidí irme de la ciudad y dejarle el trabajo a un degenerado que lo necesitaba más que yo: “¡Recomendadísimo!” - le dije a la directora.


El día que me decidí a regresar, caminando hacia la sede principal del instituto, la avenida Caracas ofrecía un espectáculo decadente que nunca deja de asombrar y asustar con la suciedad y las ignominias que hay que ver. Ahora que lo pienso, parecía un preámbulo de lo que sucedería. Mas, cuando llegué a la sede, la directora me recibió amablemente y me hizo pasar a su oficina, después de haberme ganado su atención y de escucharle atento también sus habladurías. Ya tomando tinto, charlando del pueblo que nos emparentaba, me preguntó que si quería trabajar, que curiosamente en esos momentos estaban necesitando a alguien que pudiera orientar los cursos de técnicas de estudio y ética. Yo acepté complacido porque de técnicas de estudio no sabía nada. Y de ética, menos. Es decir, un reto más para aprender. Tampoco tuve que arrastrar mis palabras para conseguirme unas horas de clase que me proporcionaran la supervivencia. Hasta aquí todo muy bien.


Un rato después, bajando por las escaleras y a punto de despedirme, la amable señora me pidió otras hojas de vida – por eso de los contactos que tenía – y me instó a que la acompañara, al otro día, a una reunión con unos empresarios “tesos” y aprendiera, si quería no tener que estar buscando trabajo, a construir mi propia empresa. No le vi nada raro, además ¡qué es raro hoy en día? A la tarde siguiente, muy arregladito, acudí al Instituto con mis hojas de vida y con los ánimos prestos para que me asignaran los horarios y me explicaran el funcionamiento de aquella institución. A la vieja de recursos humanos no le caí en gracia, de la misma forma en que la detesté cuando le miré sus ojos torvos, maliciosos, y su vocecita falsa, llena de hipocresía empresarial. Salí fastidiado y le conté a mi flecha (a la viejita directora, pues) lo que pasó.


Me senté como en la sala de mi casa y de repente vi la transformación: La querida, tierna e inofensiva tía de mi amigo empezó a defenestrar contra los europeos, contra los pobres, contra todo y todos los que no tuvieran (¿o tuviéramos?) dinero y les tocara trabajar, así fuera mucho cinco horas diarias para “cumplir los sueños de otro hijueputa”. Me dejó boquiabierto. Sin embargo, para no perder la compostura - rasgo típico de los pueblerinos como yo - me le uní a la decapitación de los europeos, de los oficinistas, de los empleados y de la miserable vida humana. También le hablé del jactancioso y arrogante Trump, ahora presidente de la nación más ignorante de la tierra, y de súbito, la mirada de la viejita energúmena cambió, así como su retahíla. Me dijo que si acaso no me había leído el libro de Trump Cómo hacerse rico; que al principio era muy duro (por aquello de que hay que luchar mucho), pero que después enseña, con trucos y pirotecnia, el arte de hacerse rico – e hijueputa – con el simple hecho de cambiar de mentalidad.


Como le había dicho que en mis lecturas no tenía presente a Trump, empezó a preguntarme por Robert Kiyosaki y por otros gurús del enriquecimiento alternativo, de los cuales apenas había escuchado hablar, y a decir verdad, no en muy buenos términos. Me puse a pensar entonces, según lo que me contaba la viejita, que no existe una distancia insalvable entre un rico y un pobre, y que el puente para ir de menos a más es insignificante: ¡Un puto libro de cuarenta mil pesos!

Pasadas dos horas ya no sabía dónde meterme. Quería que pasara esa reunión ya. Deseaba regresar al apartamento y pensar que era un sacrificio nada más, que las cosas iban a mejorar. No fue así. Debido a que la viejita metamórfica no quiso anticiparme ni nombres ni modos posibles de hacerme rico, tenía intriga, aunque en el fondo imaginara que era alguna de esas pirámides estúpidas. Y no me equivoqué. En la recepción de un edificio de oficinas en la 40 con Caracas, un grupo de encorbatados saludaban amablemente a quien entrara por su lado. Me hicieron apuntar en una lista y en el lado derecho decir quién me había invitado. Recibí un puntico azul de esos que ponen los malditos mimos por la calle, mientras los socios ostentaban un envidiable punto naranja. El maestro de ceremonias -tocayo mío-, se paró al frente del auditorio improvisado, donde había 180 sillas dispuestas (porque hice las cuentas) en dos hileras en un salón blanco, largo. El aforo estaba copado; la gente se apiñaba con tal de recibir una descarga de sabiduría empresarial. El ambiente no podía ser peor. Segundos después del saludo general, a los invitados nos hicieron parar de las sillas. La bienvenida fue apoteósica. Las palmas entrechocándose parecían un chaparrón interminable, infinito. Nos hicieron la promesa - que si trabajábamos duro- de una independencia económica holgada, llena de viajes y maravillas. AMWAY: La diapositiva se paseaba por el salón de un lado a otro hasta el final. - ¡Hijueputa, caí! – me dije-. Ya nadie se salva de estos redentores.


Y como las cosas siempre tienden a empeorar, empeoraron. Frente al público se paró una mujer regordeta, con un traje azul pastel y una forma tan artificiosa para hablar, que me invadió el pánico cuando oí su ridícula voz. Repetía un discurso insulso que más o menos era así: Ella era una secretaria que cargaba su máquina de escribir hasta la oficina de un contador (su jefe), según supuse, mediocre y corrupto. Su marido era mecánico y por ende, un borrachín consumado. Ella se la pasaba de la casa al trabajo y al taller del marido, no donde estaba el laborioso macho quitándose la grasa de encima, sino donde él apenas intentaba quitarle con la mirada ebria las bragas a las mujeres de los afiches.


Ése era su diario vivir, su condena: Haberse metido en contubernio con otro pobre igual que ella. En ese momento guarda un silencio, compungida, mientras el público empieza a inquietarse, mirándose – mirándonos – entre todos, esperando el horror y la salvación. Lo más aterrador de todo es que sabemos que la historia termina bien, y a pesar de lo mal narrada, en el ambiente se mantiene una asombrosa expectativa… Continuará.

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Libroma Col/Ris Pereira

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